Se llamaba Narciso, era un hombre callado, lento, alto. Hablaba cuando tenia algo que decir. Miraba, y sus ojos, grandes, negros, profundos te llegaban al fondo del alma y no hacían falta palabras, él lo sabia todo, el lo comprendía todo. Seguía llevando su boina y una garrota y le adivinabas antes de verle por la nubecilla que le seguía, escapada de aquel cigarro eterno entre sus labios.
Su vida fue difícil, como casi todo el mundo que vivió esa época en España. Fue emigrante en su propio país; abandonó su pueblito pequeño, perdido en Castilla, para intentar mejorar.
Vivía de la tierra, del trabajo duro del campo. Tenia esa constancia, casi ciega, de la gente sencilla, que tiene que callar, que llora por dentro; que cada fibra de su ser le lleva a la lucha pero tiene que permanecer inmóvil. Mi abuelo era del bando de los que perdieron aquella guerra absurda y esto marco toda su vida. Cada arruga, cada angustia, cada tristeza estaba en aquellos ojos, en aquella cara...
A mis ojos, mi abuelo era grande y fuerte, con aquellas manos encallecidas por el trabajo. Quiso que no tuviéramos miedo a las ideas, a pensar por nosotros mismos, a intentarlo, a fracasar y a volver a empezar.
Mi abuelo fue la única figura paterna en mi infancia, intentó hacer lo mejor para nosotros; supo defendernos, cuanto pudo, de la palabras y modos agrios de la abuela. Supo poner en nuestra infancia alegría. Nos enseñó esa cultura arcaica de la gente sencilla, de los cuentos, de las leyendas, del boca a boca.
Fue ese hombre que me enseñó el nombre de los pájaros, de las plantas que servían para curar y aquellas otras que te podían causar el mal; el nombre de los árboles; saber por la forma de las nubes si iba o no a cambiar el tiempo.
A mi abuelo le gustaban todos los adelantos que se habían conseguido, por sobre todo los aviones, el volar libre, libertad. Vivíamos muy cerca de un gran aeropuerto y se le pasaban las horas viendo aterrizar y despegar a aquellas maquinas potentes, y la mirada se le perdía detrás de aquellas estelas blancas.
Mirábamos la vida con tranquilidad porque él nos protegía, pero un día el abuelo enfermó; un cáncer cruel le apagó en tres meses. La vida quiso ser leve al final, no sufrió, su mente se instaló en su pasado feliz y murió.
Murió un día de la incipiente primavera, en mis brazos, y estos brazos le apretaron fuerte contra mi pecho, para protegerle del frío que le invadía; y mis brazos le acunaron, como él hizo conmigo de niña, para que no tuviera miedo a la muerte.
La ultima lección, el último aprendizaje fue que no tenia que tener miedo a esa muerte.
Mi abuelo.
Rescato este escrito publicado en la otra casa. Hoy que le hecho de menos más que nunca, hoy que me haría falta su presencia, permitidme que recuerde y traiga su memoria de nuevo.
servido por candela-mimundo
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Al abrir aquella caja, pequeña caja de Pandora, con fotos del pasado, de un pasado cercano, me asaltaron recuerdos, añoranzas, nostalgias, tristezas, risas y alguna que otra lagrima.
Fotos realizadas en momentos especiales, con gente especial, que ha sido, que ha marcado mi vida.
Aquella foto donde, en una pequeña esquinita, asomando por encima del hombro de una mujer, que no se quien es, aparece la cara de mi padre, la única que se salvó del dolor de mi madre.
Fotos realizadas por aquellos fotógrafos ambulantes, esos que iban de feria en feria; y fotos realizadas en estudio, donde un fotógrafo intentaba por todos los medios sacarte una sonrisa.
Retazos de vida congeladas en una fracción de segundo. Historia, mi historia.
Fotos de bodas, bautizos, cumpleaños.
Hermanas de la mano, abuelos sonriendo, tías-madres en capeas de pueblo; primeras comuniones con aquel vestido maravilloso que te hacia sentir como una princesa.
Bodas de gente que no recuerdas, con vestidos que te hacen reír pero que en ese tiempo eran de plena moda; peinados lisos, cardados de vértigo, zapatos de tacón.
Mi propia boda, con cara de susto, con el miedo reflejado en algunas caras y sonrisas de compromiso.
Bautizos de niños que hoy son adultos con otra familia; tiempo, tiempo pasado.
Fotos en blanco y negro, pobladas de personas que ya no están, y que cuando volvemos a ver su imagen reflejada en un trozo de cartón nos hacen añorarlas, y pasamos el dedo por esa imagen querida, como si quisiéramos volver a sentir su piel, su risa, su vida.
Amigos de colegio, amigos de barrio, amigos de juegos. Algunos de ellos desaparecidos en el camino de la vida, otros, traicionando el cariño, vendiendo la amistad por amistades con mejor posición social; abandonaron tu vida por derroteros mejores, por mejores ganancias. Y aquellos amigos de verdad, que siguen con nosotros después de los años, aceptando todo lo tuyo porque son amigos.
Y fotos recientes de seres que han llegado a nuestra vida dando calidez, amor y alegría.
Es la pequeña historia de mi vida, y los recuerdos, unos buenos, otros, tristes, pero al fin y al cabo, la historia de mi vida.
La caja de Pandora se cierra, me ha hecho pensar, de nuevo, en mi historia. Mirar con la perspectiva que dan los años y la experiencia en los hechos y los momentos vividos, en los momentos compartidos.
¿Es bueno volver al pasado?
¿Es bueno visitar estos lugares y momentos donde se fue feliz?
De la otra casa
servido por candela-mimundo
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Tanto tiempo queriendo, tanto tiempo amando, pensado que la que mejor amaba era ella, tanto tiempo echándole en cara su forma de amar, y al final ¿Quién es el que tasa la calidad del amor? ¿Quién pone el precio?

No hace falta decir te amo, no hace falta, solo el contacto de una mano, no hace falta, sino, estar siempre a su lado. Cuando ha sido estupidamente soberbia, cuando no ha tenido un criterio en su vida, cuando no ha sabido que hacer y lo ha enmascarado en un enfado o en una mala contestación.
Él ha amoldado su forma de ser a la de ella, cuando, ciega de estupidez, pensó siempre lo contrario; él dejó de hacer todo aquello que le gusta por estar con ella, y ella se puso la medalla del sacrificio.
¡Que necia y ciega!
¿Como poder recompensarle de tata infelicidad, como poder borrar todas los malos momentos pasados al lado de un ser egoísta y egocéntrico como se siente ella ahora?
¿Cuándo se madura? ¿Cumpliendo años? ¿Sufriendo, amando?
Tal vez descubriendo una mirada triste, liquida, sombría en los ojos del ser amado.
Después de dar muchas vueltas a su vida en común, después de quitar toda la paja, que ella fue acumulando en su relación, la verdad salió a la luz. Lo cierto es que su vida en común tuvo demasiados silencios, muchas batallas perdidas, mucha inconsciencia, rabia, dolor y coraje; rencor, a veces; pero también tuvieron momentos plenos, llenos de amor y felicidad, ¡la vida es eso, al fin y al cabo!
Amar es DESVIVIRSE (A. Gala)
servido por candela-mimundo
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