De gratis

Era Noviembre, sí, creo que era Noviembre, cuando fui invitada a la inauguración de una exposición de pintura.
La sala estaba ubicada en una zona céntrica de la ciudad, una zona con mucho estilo. La calle era conocida en el mundillo del arte por tener las mejores salas de exposiciones, las más conocidas, las más renombradas; lo mejorcito del arte había expuesto en alguna de esas salas.
En este tipo de eventos, hay invitados de dos cales: amigos del artista, de los de verdad. Aquellos que han estado con él desde el principio, cuando no era nadie famoso. Invitados de lujo, de relumbrón que asisten a todo menos a admirar la obra expuesta. Es una pasarela, dejarse ver, que te vean. Besos artificiosos, reencuentros hipócritas y un pasear emitiendo juicios sesudos.
Risas, comentarios sobre el modelito de aquella; la última cirugía de esta; el novio nuevo de aquel hombre ¡mucho más joven que él!, seguro que va por su dinero; las pérdidas en bolsa de estos; pues fíjate en fulana y mengano, sus hijos no valen para nada... Risitas entre dientes, de esas que te ponen los pelos de la nuca como escarpias.
Un flash de la prensa especializada hace que todos compongan la mejor de sus sonrisas, poses forzadas para salir en la foto, y vuelta a empezar.
Trascurrido un tiempo prudencial, se prepara el coctel, la copa, el tentempié que la sala y el artista, ofrecen a este concurrido grupo de posibles compradores.
Y eso es la debacle, el acabose, el novamás. Una ola humana se abalanza hacia los camareros, el murmullo sube de tono, las copas desaparecen de las bandejas por arte de magia; los canapés, el jamón, la tortilla… ¡visto y no visto!
Los camareros intentan, a la desesperada, con el brazo extendido por encima de sus cabezas, salvar alguna bandeja y llegar al fondo de la sala, donde se han refugiado, aterrorizados, algunos invitados, todo inútil, perdida la fingida educación, la compostura, aquello se convierte en toda una batalla de codazos, pisotones, empujones y placajes para alcanzar la comida gratis.
Poco a poco la gente se va despidiendo, la sala va quedando vacía, y allí, en el suelo de esta galería de tanto postín, quedan las huellas de esta cruenta batalla por el canapé gratuito.
Y nos vamos de este acto pensando que en todos los sitios cuecen habas, y que cuando se vive de las apariencias y hay comida gratis, se olvida uno de todo y de todos.





walden dijo
Qué bonitas imágenes acompañan a la obra de Mussorgski, Cande.
:) Me he reido leyendo tu historia porque también he visto esas escenas en las que el "todo Londres" (la ciudad da igual) pone verde al resto del "todo ..." a la vez que sonríen, elegantes e hipócritas, hasta que aparecen los canapés y la bebida, que es cuando pierden por completo la compostura y se lanzan como si llevaran un mes ayunando. Me acordaba de algunos comentarios de Theo , quien decía que no son muchas las generaciones que nos separan del hambre y que se notan en este tipo de cosas.
¿Cuántos, de verdad, van a ver la obra del artista y cuántos a ver y ser vistos? O a comer, que al parecer es lo más llamativo de las inauguraciones. O de los cursos y congresos... Igual a este tipo de personajes lo contratan como "extras" y el pago es todo lo que puedan comer... por la crisis...
La educación parece que es un barniz muy somero.
Que tengas buena semana, corazón. Besos.
23 Noviembre 2010 | 08:30 PM